Me acarreo a mí mismo

Este 28 de octubre no se molesten en acarrearme.

Me las puedo yo solito y me acarreo a mi mismo.

Me acarreo yo mismo a mi lugar de votación, a mi escuela y a mi mesa receptora de sufragios.

Me acarreo con mi conciencia intranquila e inquieta y con mi indignación ciudadana a cuestas.  Me acarreo a mí mismo para votar como me dicta mi conciencia y mi simple saber y entender, sin dejarme seducir por los jingles guachucheros, los parlantes callejeros, los papelitos coloridos repartidos en las calles o las frases repetidas hasta el aburrimiento.

Acarreo conmigo mis dudas y desconfianzas ante tanta promesa que no se va a cumplir, ante tanto cartel colgado, ante tanto voto comprado y ante tanto sufragio vendido a cambio de una boleta de consumos mensuales y de algún que otro favorcito político barato.

Me acarreo con mi buena memoria de cómo funciona la política, los candidatos y los jefes, cómo se practican el trasvestismo político, el apoliciticismo y otros enjuagues verbales, tanto como para reconocer que las ovejas o ciudadanos con mala memoria, siempre vuelven a comer del mismo pasto.

Acarreo conmigo mi creencia que la política es servicio público, es una manera de servir a los demás sobre la base de principios, de valores éticos y de propuestas de cambio.

Me acarreo yo solo, no se preocupen, porque no necesito que me lleven como borrego a votar, siendo todavía una respetable, digna, simple e irreductible oveja negra de esta familia magallánica.

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