Nacido y criado…

Hooola esteee…

Mi hijo Ricardo tiene que comprarse un hacha.  En el siglo XXI de las tecnologías electrónicas, tiene que regresar a la madera.   Porque después de instalar su nueva estufa a leña, se encontró inesperadamente con las mismas tediosas tareas que yo cumplía todas las mañanas en casa con mi madre Rosalía, hace 50 años atrás: picar leña en trozos, hacer astillas en la leñera, armar las astillas y el papel para encender la estufa, hacerse de mucha paciencia hasta que los troncos prendan…paciencia, paciencia, paciencia…ese inestable juego con el aire, el tiraje, las llamas, las brasas, el papel de diario… y ese inconfudible aroma a leña seca que impregna la ropa, el pelo, las cortinas, las habitaciones…

El lento calor abrigador de la leña se acompaña con la fuerza desatada del viento allá afuera nevando copiosamente, haciendo ruido en la techumbre, el viento austral que es realmente viento de verdad y no esas brisas flojas de cuarenta, cincuenta o sesenta kilometros por hora, hay que ser nacido y criado en este duro clima de la ultima patagonia, en este cabo de hornos final que todos llevamos en el corazón, nacido y criado para ser y vivir, para compartir un  mate conversado, para crecer y permanecer, para aguantar y seguir, para reir y perdurar, para creer y seguir siendo, para luchar y pensar, para enseñar y aprender, para iniciar y emprender…

Magallanico, aysenino, natalino, puntarenense, porvenireño, fueguino, todos huelen a leña y a gas, a silencio y a escarcha, a lana y a pionero.

Me pongo mi chalina y mi chapka, mi chaleco y mis botas, mi montgomery y mis guantes de lana y salgo al invierno a saludar la nieve y a caminar en la vida…

Chao esteee…

2 pensamientos en “Nacido y criado…

  1. genial, querido Manuel. Y no me siento un pobre infeliz porque estuve dispuesto a soportar todo aquello por compartir lo que describes, pero, no pude o no pudieron hacerme un huequito en la banca de la cocina magallánica… y me quedé muchos años con el poto al aire, cosa que aquí puede ser peligrosa porque se te comienzan a congelar los cojones y eso si que no lo aguanta ningún cristiano (a pesar de que estando desnudo, todo el cuerpo se hace cara, como dice Coloane). Porque cuando la vieja de la guadaña comenzó a rondarme por el patio cuando salía a transplantar el ruibarbo en la tierra todavía congelada de agosto, mientras enterraba cabezas de ajo y papas chancheras para hacer menos amargo el caldo maggi del almuerzo, entonces, no tuve más alternativa que recular y dejar mis sueños (y pesadillas) junto al Estrecho y decir chao esteeee, voy y vuelvo, no me olvido del cariño, pero, volví con la frente marchita, las nieves del tiempo platearon (y blanquearon mi sien y todo), y me contestaste…., ché , que veinte años no es nada? y andá boludo, qué te creís, que te mandai cambiar y te tengo que recibir como que aquí no ha pasado nada?… chabela, no más y a otro hueso con ese perro… pase el próximo. Patagonia tambíen es, aveces, de esos amores amargos que (casi) matan si no eres capaz de campiar el pial que te tira la vida que si te agarra vas a dar culo en tierra y adios pampa mía….
    Mi abraso de siempre, Emilio.

  2. por eso digo yo que los patagónicos y los magallánicos, todos llevamos un “cabo de hornos” en el corazón, que a veces te lame las heridas y veces te patea y te dej a la intemperie…

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