Elogio de la mecedora

Hay gente que cree que las sillas mecedoras son el ultimo mueble de los viejos, en la etapa final de su curva descendente. 

Pues, se equivocan.

Las sillas mecedoras son una herramienta fundamental para esas mentes inquietas, para aquellas conciencias alertas, para esos ojos bien abiertos, para esos cerebros que piensan y para esas neuronas que destellan; la silla mecedora es el mueble principal de los que dudan y de los escepticos, de los críticos y de los disconformes.  La contradicción existe, pero hay que reconocerla francamente y no sentarse a mecerla.

Porque sentado en esta bamboleante silla de no-descanso, comienzas  a comprender el bamboleo de los políticos yendo y viniendo con sus palabras y promesas, aprendes a conocer a las personas jugando a decir que si ayer y a decir no hoy, aprendes que la vida es un va y viene, un vaivén interminable de imagenes, de eventos, de acontecimientos, de experiencias y de razones que se contradicen.  Aprendes a mirar con desden a esos lideres de cartón que queman ahora lo que han adorado siempre y que adoran hoy lo que han quemado ayer.

Te echas para atrás en tu silla mecedora y entiendes  de una sola vez a todos esos seres humanos, humanos al fin, que se echan para atrás, justo cuando crees o cuando más los necesitas.  Te echas para adelante en tu mecedora, y puedes comprender a cuantos que se echan para adelante y se mueven por sí mismos y por lo demas. 

Te mueves en ese movimiento intermitente, engañosamente lento y constante de esa mecedora que te sugiere que no puedes cerrar los ojos, que no renuncies a tus ideales y a tu libertad, que no te dejes mecer por los vendedores de pomada ni los encantadores de serpientes, que son por lo demás, dueños de esas mismas serpientes que supuestamente encantan…

La mecedora te hace posible tomar conciencia de la fluidez de la existencia, de lo cambiante y bamboleante de las opiniones, del juicio volatil y dudoso de los que mandan. Te meces en tu mecedora pero no permites que nadie se siente encima de la verdad, de la honradez, de la probidad, de la lealtad, de la amistad y sobre todo de la libertad.

El movimiento perpetuo de la mecedora te enseña a callar cuando tienes razón y a dialogar cuando no la tienes, que es exactamente lo que los demás no esperan de ti.  Me muevo en mi mecedora, me siento encima de la sociología, mi conciencia se rebela contra la realidad que nos quieren vender.

Queda instituido el club de las mecedoras pensantes…

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