Elogio de la siesta

Se duermen los flojos en la tarde interminable, mientras afuera el mundo gira a toda velocidad, mientras la vida y el tiempo se aceleran, todo es apurado, todo es fast, todo tiene que ser ahora mismo y aquí, todo tiene que ser express, y en la brevedad alucinante de la velocidad que nos arrastra, un minuto de descanso, un tiempo de reflexión, quince solemnes minutos de digna siesta parecen excluidos del cronograma cotidiano.  Pretendo ser feliz por quince minutos.  Se ha perdido la costumbre de la siesta, el hábito de suspender el giro embrutecedor de las horas, en nombre de la calma, del silencio y del relajo.

No me llamen durante la siesta, soy dueño absoluto de mi tiempo relativo, celular apagado, los ojos cerrados, la mente en reversa, la razón en blanco, un libro abierto y abandonado encima de la cama…

Mientras sucede el mundo y giran los acontecimientos vertiginosos, puedo darme, puedo regalarme sin prisa quince o treinta minutos de silencio, sabiendo perfectamente que los mismos acontecimientos continuarán sucediendo allá afuera casi sin esperarme, y cuando despierte volveré a subirme al tren desbocado de la vida en movimiento.

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