El cañamito y el alambrito…

El chileno es improvisador.  Digo que estamos sumergidos y es nuestra esa “cultura del cañamito y el alambrito“: cada desperfecto que tenemos en casa o en la ciudad, o en el trabajo, o en cualquier emergencia, lo reparamos “provisoriamente” amarrandolo con un cañamito o un alambrito…cañamito y alambrito provisorio y de emergencia, que se queda eternamente allí…hasta que se corta o se oxida, y volvemos  a ponerle otro nuevo cañamito o alambrito “provisorio”…

Hay algo genéticamente implantado en nuestra manera de ser (a lo mejor producto de esa extraña mezcla durante tres siglos de español e indígena…), que nos hace “improvisadores permanentes”, que vivimos de emergencia en emergencia, en la inestabilidad constante, en el desorden que se va ordenando de a poco, en la reconstrucción interminable que se va desconstruyendo…

¿Somos o vamos camino de ser?  Pasamos del sismo al maremoto, de la lluvia torrencial al desborde, del aluvión al derrame, del choque al volcamiento, del derrumbe al incendio, de los restos a los escombros… y nos paramos sacudiéndonos, diciendo medio sonrientes “¿qué cresta pasó?…

Viéndolo en términos positivos: ¿no será la raza la mala…?

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