La falta de verguenza llegó de repente

La falta de vergüenza llegó de repente.

Un aluvión desnudó lo que sospechábamos y esa carencia de dignidad comenzó a flotar a hervores desde las entrañas, burbujeante agarró la tierra, hizo barro y nos tiene a todos sitiados, respirando la ineptitud, la falta de tino, la ausencia de confianza por autoridades que ensayan emergencias de tsunamis, con fanfarria y bongó, mientras la catástrofe viene por la espalda y baja el cerro desde el único punto que siempre ha llegado: el Río de las Minas. Un poco de cultura e historia habrían bastado para detener por un rato el circo y planificar con seriedad; pero ojo: no en un café, lugar elegido por algunas autoridades para hacer políticas públicas, en horas en que la mayoría de los magallánicos le pone el hombre a la vida.

Mientras las furiosas aguas crecían, cualquier persona con dos dedos de frente se habría dado cuenta de lo que se avecinaba.  Una alarma oportuna, indudablemente habría salvado muchas pertenencias. El famoso monitoreo no bastó y los barquitos de papel nunca alcanzaron a estar listos, sólo a lo lejos el viento alcanzó a soplar un tímido: ¡sálvese quien pueda!

Y el asombro continúa. La nota publicada el viernes recién pasado en La Prensa Austral, refleja una descoordinación y una prepotencia que asusta. Resumiendo al estilo de La Cuarta: Intendente le para el carro a la Gobernadora por llevar problemas a una reunión que se supone estaba destinada a eso.  La última se ofende y se va.  Y Storaker, reafirma así burdamente su extraña autoridad.

Escribo mientras son los funerales de Daniel Zamudio. Asesinado por la intolerancia de un grupo de neonazis, cabros que por estirpe habrían sido los primeros en la lista de la policía secreta de Hitler, jóvenes que posiblemente no tienen idea lo que defienden.  Embrutecidos lo mortificaron a patadas, gritos, botellazos, piedras. Muchas horas lo castigaron por ser homosexual. ¡Qué tristeza! Ni aunque todos pudiéramos recibir un trozo de la pena, podríamos aliviar el dolor de la madre. Conocer lo que pasó, produce una rabia tan indescriptible que forma un menjunje peor que el barro. La muerte nos estremeció. Cuestionó. Nos puso casi frente a un espejo para vernos cómo somos: insensibles, burlones, racistas, clasistas, pacatos. Pero la intolerancia está hace rato acuartelada en el país.  Son los traumas de la conquista, eso de preferir lo blanquito por lo mestizo, de creer que la plata y el éxito económico da más decencia y decoro.

Todos los días, a cada hora, la irracionalidad humilla a los mapuches, a los pocos descendientes de las etnias originarias, a los chilotes, homosexuales, lesbianas, personas con discapacidades, mujeres golpeadas, obreros, pascuenses, patagones, comunistas, ancianos, entre tantos. No reconocemos la riqueza de la diferencia.

Y la violencia está acá, instalada. Tan brutal y fresca como el desalojo a familias sin casa ordenado en el gobierno que dirige el Intendente Storaker. Podemos discutir la ocupación, el sentido. Pero el terrorismo aplicado y la forma, NO.  Que te saquen a las cuatro de la mañana, con perros, caballos, y un personal fuertemente armado, es BRUTAL, HORRIBLE, IMPERDONABLE, tanto  como el asesinato de Zamudio.  Que horas después se entregue una solución, es una burla demasiado cruel. Si tenían propuesta, ¿fue necesario aplicar la violencia? ¿Qué futuro están soñando hoy los niños y niñas de los desalojados? ¿Qué sentido tiene el himno de Carabineros en la parte que dice: duerme tranquila, niña inocente”? ¿Entienden las autoridades que no son más ni menos magallánicos que los desalojados? ¡Ni más lindos ni más feos!  La única diferencia que hay es el poder que tienen unos para someter con fuerza la carencia de otros. Mientras expulsaban a los vecinos en toma, otra bestialidad ocurría en Aysén. ¿El gobierno central le dio tarea para la casa a los Intendentes de la Patagonia? ¿Cómo tanta violencia el mismo día y a la misma hora?

Hay un aire raro en la ciudad y no es solo por el barro que la tiene sitiada. Hay tristeza.  Decepción profunda. Sueños ahogados. Una violencia desatada que asoma en bocinazos desesperados, atolondramientos, desalojos brutales. Reflexiones sin respuesta. Ojalá vuelva la cordura y retorne la decencia para aplacar un poco la vergüenza de asistir a este burdo espectáculo.  Mientras tanto la renuncia del Intendente, debiera ser un minúsculo gesto de justicia con mucho sentido común. Al menos, una señal leve en lo que parece la necesidad inclemente, de denunciar un modelo de vida y desarrollo brutal.  Un sistema que siempre tiene a sus obedientes burócratas, que construyen a partir de la intolerancia, el presente y el futuro de todos y todas.

CRISTIAN MORALES.

(uno de los favoritos de la OVEJA NEGRA DE LA FAMILIA…)

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