Viaje al corazón del centralismo chileno

En la lista interminable de los males políticos y de los defectos de las instituciones en el Chile real, el centralismo ocupa un lugar prioritario.  Desde todas las regiones y comunas de Chile, más o menos distantes del centro político-administrativo (o sea de Santiago), la queja unánime es contra el centralismo, es decir, contra una estructura legal, administrativa, mental y organizacional que se autoreproduce y que concentra y monopoliza la toma de decisiones fundamentales, la distribución de los recursos financieros y/o presupuestarios y de las inversiones.

En Chile existen a lo menos tres formas de centralismo, entrelazadas íntimamente: un centralismo estatal y administrativo (que recae las decisiones en los poderes centrales y en la capital); un centralismo corporativo y empresarial (que concentra y acumula capitales, utilidades, inversiones, decisiones y sedes matrices en la capital) y un centralismo mental y cultural, que considera y cree que Santiago es Chile y se comporta como si Santiago fuera Chile.   Estas formas de centralismo político-corporativo se traducen además en un centralismo territorial que acentúa las disparidades y desigualdades entre las regiones (cuanto más apartadas y alejadas, más desprovistas y atrasadas) y entre las regiones y el centro.

De este modo, el centralismo -como ideología y como modo de organización del poder y de la administración- estructura todo el Estado como una enorme pirámide decisional, donde la base organizacional siempre se somete y depende de las decisiones de las autoridades, servicios, niveles, estructuras o jerarquías “superiores”.

Finalmente, la decisión o resolución desde un servicio público en una comuna o región, termina “rebotando” en una autorización proveniente de la dirección general del servicio o desde el ministerio en Santiago, como con frecuencia ocurre que las decisiones políticas, económicas o financieras estatales de un ministerio sectorial o de una región en particular,  terminan en el escritorio del Presidente de la República, convirtiendo a este en el Gran Hermano o el Gran Administrador de todo un país de 16 millones de personas.

Lo mismo sucede en los partidos políticos, los clubes deportivos, los gremios y sindicatos, las ONG y las empresas privadas.   El centralismo está -en primer lugar- en la mente y en el inconsciente colectivo de todos los ciudadanos.

¿Resultado? … los habitantes de las comunas se quejan del centralismo de las capitales regionales … y los habitantes de las capitales regionales y de las regiones y provincias, se quejan del centralismo de la capital del país.

Y el corazón del centralismo en Chile hoy está radicado en la Constitución Política de 1980: una constitución del siglo pasado oligárquica, jerárquica, vertical, con ideología neoliberal y con notorios resabios autoritarios.  Como consecuencia, toda la legislación política y administrativa subyacente a la Constitución (leyes orgánicas de gobierno y administración regional, códigos, estatuto administrativo y reglamentos), contienen el virus del centralismo adornado de república unitaria   y de presidencialismo absorvente.

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